"Si hay orientación lacaniana, es porque no hay ningún dogma lacaniano, tampoco "el inconciente estructurado como un lenguaje", ninguna tésis ne varietus que daría lugar a abecedario, brevario, compendium, dogmático. Hay solamente una conversación continuada con los textos fundadores del acontecimiento Freud, un Midraj perpetuo que confronta incesantemente la experiencia con la trama significante que la estructura". J.A.Miller

sábado, 31 de enero de 2015

Resumen clase 9 OL-13 L'ouvre de Lacan


El comienzo de la lección es tajante: pensar la experiencia analítica, tanto del lado del analizante como del practicante, exige acudir a lo real.

¿Y por qué es necesario pensar la experiencia analítica? se pregunta Miller y nosotros con él, porque sin hacerlo “se está muy bien”. ¿Por qué, entonces? ¿Por qué pensar, vencer la pereza de hacerlo?


Freud avanza en la formulación de su doctrina, lo que se ve en la formulación de las tópicas.También Lacan avanza, y este se podía jactar de no decir siempre lo mismo, de estar cómodo en la objeción, haciéndose objeciones, diría yo. Un pensamiento, pues que no se detiene, y que precisamente por eso “merece ser desatendido”.


¿En qué sentido hace esta afirmación Miller? En el sentido de que lo que se piensa, lo que se conceptualiza, está en desventaja con respecto a lo que se actúa, a lo que sucede. Y lo que sucede en psicoanálisis es del orden de la singularidad, y al pensamiento le es muy difícil captar esa singularidad.

Puede haber un abismo enorme entre pensar y lo que tiene lugar. Y para seguir el hilo de su discurso, Miller remite al hecho de que el analista, en su acto, se borra, borra su pensamiento, dejando solo su presencia.

Es común acentuar la presencia del analista en el dispositivo por encima del pensamiento, pensamiento que, desde nuestra perspectiva, está vinculado al fantasma. Llegados a este punto, Miller se desliza hacia una serie de suposiciones: ¿qué sería una presencia, la del analista, sin pensamiento? Y se contesta así mismo, aunque en forma de pregunta: ¿Una presencia del analista que sería todo receptividad y que abriría un dejar de ser?
Ahora bien, puesto que él (Miller), su receptor de entonces y, por qué no decirlo, nosotros, nos hemos dado al ejercicio del pensamiento, ¿será que no es excluyente? ¿Será que está el analista del acto y fuera de él?

Pero sigamos avanzando. Miller rescata una de las preguntas que le hizo a Lacan a propósito de qué debía esperar. Pregunta que en la respuesta del maestro se precisó en“qué debía esperar...del psicoanálisis”. La respuesta fue: el psicoanálisis te permitirá “sacar en claro el inconsciente del que tú eres sujeto”.  Réplica que orienta no solo a Miller como sujeto, sino como pensador, como teórico sobre la experiencia analítica. “Sacar en claro” es lo que durante un tiempo hizo Lacan con la teoría freudiana.

Es necesario pensar la experiencia a nivel de la estructura. El psicoanálisis es una puesta en acto, una puesta en acto que sobrepasa el pensamiento, y esto lo constatamos cuando surte efecto una interpretación. Pensar el psicoanálisis es hacerlo separadamente a los modos de pensamiento habituales. Por esta razón Miller está interesado en distinguir el ser de la existencia como previa a la posición de lo real.

A partir de dos coordenadas de la última enseñanza de Lacan –el significante y el significante Uno (desligado del S2)–, Miller reflexiona sobre lo real. La articulación del significante Uno y el goce tiene precedentes en la tradición filosófica (Spinoza, los neoplatónicos), e incluso en el pensamiento oriental. Pero en nuestra esfera, la conexión entre el significante Uno y el goce está basada en lo que Freud llamaba la fijación (Fixierung). Para el vienés la represión hunde sus raíces en la fijación, y describe esta como una interrupción, una parada de la pulsión; fijación de la pulsión a cierto punto, o a varios puntos, precisamente del desarrollo de la libido.La conjunción del Uno y del goce es lo que impide el desplazamiento de la libido, lo que en Freud sería el desarrollo hasta la etapa genital. «Lo que quiere decir punto de fijación es que hay un Uno de goce que vuelve siempre al mismo lugar, y es a este título que lo calificamos de real». Freud localizó este concepto, aunque no lole concedió un amplio despliegue teórico. No así Miller, que sitúa esta conjunción en primer plano.

A decir de Miller, para Freud el análisis es finito e infinito; se para, está terminado, y cuando se finaliza se retoma. A día de hoy, el análisis ya no está bajo el régimen finito e infinito. Lacan fue más allá de Freud en este sentido, más allá de los obstáculos, obstáculos, valga decir, diferentes para cada uno a la relación de sexos, es más, esta vuelta de tuerca a los obstáculos freudianos es lo que hizo de motor a la invención del pase y a la ampliación de su escritura de la lógica sexual distinta del macho y la hembra.

El primer paso para ello fue vía el fantasma, en su relación con la salida del análisis. Para ello situó el fantasma en el lugar de lo real. Un fantasma, por tanto, singular; el fantasma, no los fantasmas. Fue Lacan quien inventó el fantasma en singular y con artículo indefinido, o en otras palabras: el fantasma fundamental. ¿Con qué finalidad? Con la de «obtener un analogon  de lo real sobre el que se puede pensar que la palabra tiene efecto». La argumentación de esto último la desarrolló Lacan en términos lógicos en Otros escritos (pág. 326 de la versión en francés) haciendo funcionar el fantasma como el axioma de los síntomas, ya que el axioma es constante mientras que las leyes de deducción son variables. El fantasma fundamental, si bien no se interpreta, sirve de instrumento a la interpretación: se interpreta en función del fantasma de quien se haga. Lo importante aquí es la oposición entre la constancia del axioma y la variabilidad de la deducción. Aunque los síntomas no siempre se relacionan al axioma de la misma manera ni se deshacen de la misma manera, el axioma sí permanece constante. Equiparando el fantasma fundamental al axioma, un axioma lógico, no lo olvidemos, traduce la fijeza del Uno de goce que señaló Freud a la constancia del axioma. De ahí la conocida escritura: 

$ ◊a

En este primer momento, muestra que el análisis permite fracturar la fórmula, logra por un lado la caída del objeto pequeño a y por otro lado “la palabra falta”. En este sentido, habla de la destitución del sujeto en tanto se libera de la constancia que se concentra sobre el objeto a.

Es ahí donde se produce un viraje, el del objeto a (situado en el orden imaginario) desplazado al registro de lo real. De ahí su afirmación “hay de lo real en el fantasma”. A la luz de  lo dicho, por tanto, en la fórmula del fantasmase reúne la conjunción de un término simbólico ($), el sujeto de la palabra, que se mueve bajo la cadena significante, y el objeto a, objeto que congela al sujeto en ese lugar y objeto constante, por eso es real. De ahí que el fantasma es real porque vuelve siempre al mismo lugar para el sujeto.

A partir de la aceptación de que el pase, la experiencia analítica permite obtener esa fractura, la pregunta es la siguiente, ¿cuál es el efecto de esa quiebra? El efecto del atravesamiento del fantasma, Lacan lo dice, es un efecto sobre el deseo que se traduce en una deflación, es decir, en una disminución. De un deseo hinchado, caótico, que se lleva sobre diferentes objetos, se pasa a la localización de algo, y el sujeto que se instituía a partir de ese fantasma, a ese deseo,  se encuentra, tras el recorrido analítico, destituido. Es una salida del lado del deseo, que el analista presenta al analizante bajo la fórmula, ¿Tú qué quieres? La enunciación de esta pregunta es lo que Lacan llama deseo del analista. Miller puntualiza que el nombre del deseo es la voluntad, o lo que es lo mismo, deseo decidido, o deseo indestructible en términos freudianos (La interpretación de los sueños). “Deseo indestructible que en el acontecimiento del pase expresa que encuentra un solución”.

Pero una solución de deseo no es una solución de goce. La solución de la que habla es una solución atañe solo al analogon de lo real que sería el fantasma, en cierta reducción de este y en el fantasma el objeto pequeño a calificado de real.

El objeto a hacía sentido en el fantasma, era un efecto de sentido real, y su caída es una caída fuera de sentido. Pero esto, es decir, calificar un efecto de sentido de lo real, trae aparejada la complejidad de llevar el registro de lo real al sentido.

En la actualidad, la experiencia del análisis es distinta a la practicada en tiempos de Freud, y orienta al analizante a capturar aquello de su goce que sobrepasa al sentido, por tanto más allá de la caída del objeto a. Lo conecta con el Uno del goce.

La repetición, pensada desde el orden simbólico, se relaciona con la cadena significante, sin otro contenido, dice Miller, que “un sujeto que se vehicula como un cero bajo la serie de números”. Ahora bien, pensando la repetición en relación al goce, el término mismo de cadena resulta inapropiado; no se trata ya de una repetición (sucesión que se cuenta y se suma), sino de la pura repetición, o lo que es lo mismo, la reiteracióndel Uno del goce (en otros ámbitos, adicción).

En la cadena hay ley, las leyes de la cadena significante, mientras que en la reiteración no hay leyes, y es por eso que Lacan afirma que “lo real es sin ley”. Sin ley, sí, pero no sin causa. La causa de lo real es la conjunción del Uno y del goce. En el escollo de la ley, esto es, en las dificultades de la ley, es donde la causa se inscribe.

Por esa razón Lacan borra de su discurso el término dialéctica; la dialéctica está en la órbita de la ontología, y lo que aquí interesa es ese más allá del ser, que en la filosofía se nombra como henología (el Uno), y en Lacan es lo real.

La última palabra de la dialéctica para el primer Lacan es la falta en ser y la última palabra de la experiencia analítica es la asunción de la falta, un horizonte que el ser ya ha rehuido. En la esfera del pase, la indicación no es solo el sujeto barrado ($), sino el objeto a, objeto metonímico de la palabra que marca el goce. y es este objeto donde apunta la interpretación, a este índice móvil del goce en la palabra.

¿Cuál es secuencia? Primero la nada. Luego el objeto a y ahora “la pura reiteración del Uno del goce”, lo que Lacan llama sinthome. No es, por tanto, sufiente hablar del sujeto en términos simbólicos, sino que es necesario incluir el cuerpo. Ya no es sujeto, sino parlêtre.
Y no se trata aquí de un cuerpo que goza, sino de un cuerpo que se goza, y el reflexivo aquí es importante ya que nos orienta hacia el auto erotismo, concepto que apunta al no hay relación sexual. Los síntomas remiten a la significación; tras el sinthome hay un acontecimiento del cuerpo.

Miller intenta mostrar la vacilación que subyace en la localización de lo real en ese momento de la enseñanza de Lacan (los tiempos de la conceptualización del atravesamiento del fantasma). El pase entendido como un desnivel a parir del cual la experiencia analítica abre un por debajo de la represión, de la fijación de libido.
El pase es el momento en que se desanuda esta raíz de la represión, momento en que todo está por construir.

La inexistencia de la relación sexual no es una represión, es un dicho a nivel de lo real, no del ser, y ese no hay relación sexual es correlativo de su dicho Hay de lo Uno. No es lo mismo “Lo Uno es”, donde el verbo copulativo exige un atributo, que Hay de lo Uno, que remite a la idea de absoluto, un Uno absoluto.

Observemos que Lacan no dijo Hay el sujeto, debido a que el sujeto aquí es el sujeto del inconsciente al que Lacan mantiene como hipótesis. Es una hipótesis hecha sobre el Uno como real cuando se inventa el encadenarlo a otro. Este Uno es aquí respuesta de lo real, y es solo relativo al análisis. Por el contrario, a no hay relación sexual y Hay de lo Uno les concedemos un valor a nivel de lo real, y ambas proposiciones están articuladas a una tercera fórmula: el auto goce del cuerpo. Leídas las tres juntas orientan la escucha analítica.

Primero. Las entrevistas preliminares, donde tradicionalmente el analista tenía que decidir si el análisis iba a hacer bien al que se propone como analizante. Decisión mediada por su relación al sentido.

Segundo. El periodo maravilloso de la experiencia analítica.
Tercero. El periodo hasta el pase, que “marca una resolución del deseo por su deflación”.
Y todavía queda un cuarto momento, un más allá del pase en el análisis. Un momento todavía por dilucidar. Lacan intentó emparejarlo con su nudo borromeo, en las que interviene lo real, lo imaginario y lo simbólico. De lo que aquí se trata es de situar al nivel de lo real y no al nivel de las hipótesis que son el SsS, en el que el inconsciente se deduce. Dicho de otro modo “para que el inconsciente valga, hace falta la lógica”. Y Miller quiere situarnos en el inconsciente a nivel de lo real, lo que provoca que cuando la raíz de la represión se desanuda, el inconsciente es de pocos recursos, y con él la interpretación, que pertenecen al mismo nivel.

Rosa Durá Celma

No hay comentarios:

Publicar un comentario